Evangelina: Alias la Cleri
En el año 2014 Evangelina Catalán tenía 45 años, y vivía en el barrio San José de El Bolsón. Su casa estaba cerca del río Quemquemtreu. Al otro lado del curso de agua, que desciende desde el norte, pueden verse los árboles de la Loma del Medio que separa ese río del río Azul.
Su casa era chiquita, techada con chapas de cartón y otras de acero. Las paredes cubiertas de troncos en vertical cuidaban el calor que se guardaba dentro. En el patio, un cerco de ramitas que protegían algunas plantas de un caballo que la acompañaba en sus días.
En el barrio la llamaban “la Cleri”. Era una mujer alegre y divertida. La noche del 20 de octubre de 2014, Carlos Vázquez, su esposo, la asesinó. Tiempo después lo sobreseyeron y declararon con incapacidad sobreviniente.
Evangelina tenía siete hijos: seis mujeres y un varón. Dice Ana, una de sus hijas, que el varón y más chiquito era la adoración de su mamá.
Rosa Monsalve, concejal y vecina, cuenta que a Evangelina le gustaba escuchar música y bailar al son de la misma. “Ella decía que le gustaban los charros”, dice. Una cumbia romántica de una banda formada en 1994 en la provincia de Chaco. Con letras melódicas y sentimentales, acompañadas por ritmos bailables que conquistaron tanto las pistas de bailanta en todo el país como el living de Evangelina.
Rosa recuerda también que “solía cocinar rico, y cuando llegaban sus hijos a visitarla ella se sentía plena”. En la memoria de sus vecinas era una mujer muy presente en la cotidianidad barrial. Al lado de su casa había un galpón, no muy grande, donde su caballo dormía y acostumbraban verla pasar al galope, llueva o ilumine el sol la tierra.
Por su parte, Ana, una de las hijas de Evangelina, dice recordarla con mucho amor. Define a su mamá como una “mujer alegre, siempre con una sonrisa”. Recuerda que “los domingos los pasábamos en familia. Era un día apartado para compartir. Ella cocinaba muy rico”.
En una foto guardada, entre polvo y dedos marcados de sostenerla para apreciarla, se puede ver a Evangelina sonriendo mientras carga con una gran bandeja llena de asado: tiene el pelo con flequillo a la izquierda, un pulover a rayas horizontales y no sólo carne sobre la bandeja, sino unas mitades de zapallo calabaza que deslusbran su color naranja tostado por el fuego.
“Todos la veíamos a la Cleri cuando bajaba a hacer sus compras, a ella le gustaba ir a caballo aunque viviera en el pueblo”, retrata Rosa. En su memoria se pinta un paisaje: Evangelina dejaba el caballo “atadito afuera de la despensita, mientras charlaba con la vecina del almacén. La Cleri tenía una sonrisa muy especial, cuando se reía se le iluminaban los ojos y se le ponían grandes”, ilustra su vecina.
¿Disfrutaría del viento, Evangelina, dejando su pelo enredarse mientras se movía sobre el lomo del caballo? ¿Qué pensaría al ver el barrio, el pueblo, llenarse de casas? ¿Iría saludando, a un lado y otro de su calle?
Cuenta Rosa que cuando los ojos de Evangelina iluminaban más que la luna llena sobre las montañas “era porque algo estaba pensando”, y suma que “la Cleri era muy graciosa, entonces su piel colorada se sonrojaba, su cara hacia como una mueca, y así vivía: sonriendo”.
Igual de inquietos que sus pies, al parecer, eran sus manos. Evangelina no sólo trabajaba limpiando casas. Ese era su trabajo remunerado, pero tejía prendas de hilo y lana para todo el San José, principalmente para las mujeres de su barrio. “Ella decía que era para pasar el rato, ¡pero qué iba a ser para eso!”, exclama Rosa al recordar los tiempos compartidos. Explica que “era porque tenía un don y las vecinas que la conocíamos sabíamos que ella era una artesana. Con sus manos elaboraba diferentes tejidos, que después nos regalaba”.
Ana cuenta que su mamá era “una luchadora a la que le gustaba hilar a mano, y tejer con palillos”. Agrega Rosa, que Evangelina, tejía “carpetitas para apoyar la pava cuando tomábamos mate, o algún par de guantes o de medias. Si te veía con frío ahí nomás te regalaba algo para abrigarte”, cuenta entusiasmada.
Evangelina era una vecina como cualquiera, pero que no era cualquiera. Una vecina que prestaba sus oídos para conversar, y sobre todo para aliviar la carga del mundo con una risa, un chiste que funcionara de refugio ante tanto frío.
“Un día ella se acordó que quería terminar la escuela, sentía que le hacía falta, porque ella tenía sueños, muchos sueños…”, dice su vecina con una emoción habitando su garganta. ¿Dónde van a parar los abrazos que quedaron vacantes? ¿Las charlas sin terminar, el eco de las carcajadas?
Su hija, Ana, cuenta que Evangelina “amaba compartir tiempo con los nietos, y tenía una pasión por las plantas, su jardín y la huerta”. Al lado del palenque, en un patio abierto y sin cercar, tenía un sector a resguardo donde cultivaba hortalizas. “Era muy activa, inquieta”, dice Ana dibujándola en su memoria.
Rosa recuerda que Evangelina “era de levantarse muy temprano y decía que le gustaba ver el amanecer, aunque también decía que no quería gastar mucha leña”. Cada día, caminaba las costas del Quemquemtreu en búsqueda de algunas ramas y “varillas de mimbre y sauce para ponerle a la estufa y así poder calentarse”.
Ese calor, que desprendía su risa, vive en el brillo de los ojos que la recuerdan. Más fuerte que una estufa, más vivo que un fuego en pleno invierno. La hija de Evangelina, delata que vive “siempre recordándola, la llevamos en el corazón, sus hijos y también nietos”.
TODAS LA CRÓNICAS
Angélica: resistir al olvido
El miércoles 16 de enero de 2008, Angélica Gomba se encontraba en su casa en el barrio Luján, a las afueras de El Bolsón. Una casita alpina a la que se había mudado hacía poco tiempo y que daba al río Quemquemtreu, donde solía pasar las tardes de verano tomando mates con sus amigas, su prima y sus sobrinos.
Otoño: Una canción para recordarte
La música como grito de memoria y resistencia: desde una habitación, Nadia Escobar, le escribió una canción a Otoño Uriarte. Eran amigas y Otoño había sido secuestrada para aparecer en el desarenador de un canal de riego cerca de Fernández Oro, en Río Negro. La canción escrita por Nadia se convirtió en un símbolo que traspasó a los seguidores y seguidoras de su banda para reclamar justicia por Otoño
Evangelina: Alias la Cleri
Evangelina Catalán, “la Cleri” fue vecina, madre, artesana y mujer de sonrisa luminosa. Víctima de femicidio en 2014, su historia revive en el relato de quienes la recuerdan: como una presencia alegre entre el galope de su caballo y los amaneceres del río Quemquemtreu. El retrato de una mujer que tejía abrigo con sus manos y refugio con su humor.
Envuelta en girasoles
Carolina Calfulaf vivió un tiempo corto en El Bolsón. Vino tras un sueño: un futuro mejor. Llegó acompañada por su hermano, en un coche cargado con la mudanza de una vida entera. En una casita del barrio Los Álamos la esperaba su pareja, quien días después le arrebataría la vida. A la sonrisa de Carolina, ante semejante horror, la recuerdan sus hermanas y una sobrina.
Una flor en la montaña
El 11 de enero de 1993 encontraron a Lucinda Quintupuray, abuela mapuche de 79 años, tendida y vestida delicadamente sobre su cama, asesinada a balazos. Fue 10 años después de recuperada la democracia en Argentina, cuando ya se creían establecidos algunos derechos sociales. El femicidio nunca se resolvió judicialmente, pero la memoria de Lucinda vive en el pueblo mapuche que supo reivindicarla: una abuela que pese al clima, los años y la presión de quienes especulan con la tierra se mantuvo firme como añejo árbol.
Soledad: en los ojos de sus amigas
Soledad Murgic, de 16 años, fue asesinada por su novio, Julián García Saravano, de 19. En la memoria de sus amigas aparece como una chica dorada, una piedra que brilla en medio de un río. Su presente se interrumpió en el año 2010. El femicidio, reconocido como tal tiempo después, impactó fuertemente en todas y cada una de sus amigas. Una de ellas retrata: “vivo como creo que ella viviría, haciendo lo que quiero hacer”.
Coco, Matilde y una lucha que abrió camino
Jésica “Coco” Campos vivió en una casita de El Bolsón que resulta esquina de al menos tres calles. Da inicio a un barrio que se llama Almafuerte, y en la actualidad en ese lugar funciona un espacio comunitario con un comedor y una biblioteca que lleva su nombre. A Coco, apenas unos días después de llegar al barrio, la asesinó el papá de su hija, Cristian Héctor Maldonado. Su caso se convirtió en un precedente fundamental para la aplicación de la Ley Brisa en Río Negro.
Graciela: un femicidio que no se olvida en el Hospital de El Bolsón
“¿Dónde está Graciela?” fue el grito ensordecedor que invadió los pasillos del Hospital. En la memoria colectiva y las movilizaciones que exigieron justicia se creó una fuerza que aún catorce años después llama a la acción urgente, la prevención y el compromiso ante la violencia por motivos de género. Graciela no se olvida, su nombre continúa latiendo en cada rincón.
Una casa donde encontrarse a sí misma
Beatriz Cañumán fue encontrada con 13 puñaladas sobre su cuerpo, en su vivienda del barrio Luján de El Bolsón, el 10 de octubre de 2016. La escena contrasta con lo que fue en vida: una mujer que segundo a segundo se encontraba más a sí misma en un camino de regreso a la tierra, hacia su identidad como mujer mapuche.
Inés Bayer: “má, mi mamá”
Inés Bayer tenía 42 años, una hija y cuatro hijos. Natalia, la mayor, era muy cercana a ella: bailaban, cantaban y lavaban la yerba en repetidas pavas de mate. “Teníamos peleas tontas, y ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación”, recuerda. El 24 de mayo de 2016 su pareja la asesinó y luego se suicidó. Inés vive en las músicas que le movían el cuerpo a ritmo meloso, ranchero y rockero.