Tal vez en noche de luna

por los lengales del cerro

andará tu alma araucana

por invisibles senderos,

pastoreando humildes vacas

rodeada por tus ancestros.

Honorio Alegría

Una flor en la montaña

por Ada Augello
El 11 de enero de 1993 encontraron a Lucinda Quintupuray, abuela mapuche de 79 años, tendida y vestida delicadamente sobre su cama, asesinada a balazos. Fue 10 años después de recuperada la democracia en Argentina, cuando ya se creían establecidos algunos derechos sociales. El femicidio nunca se resolvió judicialmente, pero la memoria de Lucinda vive en el pueblo mapuche que supo reivindicarla: una abuela que pese al clima, los años y la presión de quienes especulan con la tierra se mantuvo firme como añejo árbol.

Para las comunidades mapuche de la región, en la defensa del territorio, Lucinda ocupa un lugar destacable. A pesar del tiempo transcurrido sobre su cuerpo, sus 79 años a cuestas y el frío de la alta montaña, la abuela mapuche nunca resignó su modo de vida. Fiel a la tierra y sus ciclos, permaneció en el campo desinteresada ante propuestas de modos más cómodos para vivir la vida.

La primera oferta de compra para sus tierras no tardó en llegar una vez que ella comenzó a envejecer pero, firme en sus convicciones, la rechazó. La misma suerte fue para todas las siguientes, por más abultadas en papeles de colores que fueran.

El campo no sólo era donde habitaba sino la tierra en que producía alimentos y los convidaba a sus vecinos y vecinas. Era el cultivo de la tierra, el manejo de las plantas y sus cosechas, el cuidado de árboles frutales erguidos hacia el cielo y rodeados por arroyos montañosos. Las hierbas del campo le habrán servido siempre de refugio para el cuerpo, un cuidado ancestral que recién un siglo después la ciencia reivindicó, pese a los antiguos registros del uso de plantas nativas para la salud. 

Lucinda cuidaba de sus animales como de sí misma, pasaba largos minutos pareciendo saber que sus pasos construyeron parte de la historia del pueblo mapuche. Ordeñaba sus animales y con su leche hacía los quesos más sabrosos de la Cuesta del Ternero, paraje cercano a El Bolsón en el que vivía.

La memoria de Lucinda la construyen diferentes mujeres: activistas feministas e indígenas de su mismo pueblo, como Soraya Maicoñio, una cantora y actriz mapuche. Según recuerdan algunos de sus vecinos, y pudo reconstruir Soraya, los quesos que Lucinda les compartía  pesaban hasta catorce kilos.

Esta memoria, reconstruida y llevada a las artes escénicas por Soraya, tiene lugar en una obra de teatro que lleva el nombre de la abuela mapuche acompañada por una frase: “el silencio susurra secretos, al oído, que se propagan como el fuego en el bosque”. La obra de teatro unipersonal, dirigida por Darío Levin, plasma en escena los relatos que Soraya recopiló. Son testimonios sobre cómo era Lucinda. 

La cantora recuerda que: “Desde el momento en que se recuperó su territorio, en el 2008 o 2009, me sentí inspirada por Lucinda, a tal punto que cuando fuimos a acompañar esa recuperación, acababa de explotar un volcán e íbamos caminando, con otra lamuen, bajo la lluvia de cenizas. No era nada sencillo llegar hasta ahí, eran varias horas de caminata”.

Soraya dio con la historia de Lucinda cuando llegó a la Comarca Andina en 1997. Fue cuatro años después del asesinato de la abuela mapuche. Otros doce años después, en el 2009, diferentes organizaciones y comunidades mapuche recuperaron el territorio donde había habitado Lucinda y conformaron la Lof Quintupuray. 

Recuerda sentirse llamada por la recuperación territorial, dice que “no solamente hubo varones acompañando esa recuperación sino también mujeres y mujeres muy valientes, que también seguramente se han sentido inspiradas por Lucinda”. Y suma que cree que “ya no quedan mujeres que tengan ese coraje de vivir tan alejadas de los centros urbanos, con tantas horas hasta llegar a su paraje”.

Soraya la describe “sola, carneando, llevando sus vacas a la veranada, ordeñando tan temprano, teniendo tanta fuerza de voluntad, tanto amor por su mapu”. Si intenta ver a esa abuela que conoce sólo a través de relatos, la cantora la imagina “sobre su yegua, caminando y al galope, trotando o viniendo hacia la Cuesta del Ternero muy abrigadita, vestida como quien va para el pueblo”.

La imagina sumamente enraizada en su tierra: “muy confiada en su mapu, muy confiada en cada uno de los elementos que hay en ese camino, en los elementos de la naturaleza. Imagino que se sabe de memoria el camino, cada giro, cada piedra, cada árbol, arroyo, cuándo se puede cruzar y cuándo no. La imagino muy silenciosa y muy fuerte, muy valiente”, resume Soraya. 

Los hilos del tiempo, tejidos hacia atrás

Según retrata la cantora -también recopiladora de cantos ancestrales- la familia Quintupuray llegó hacia el año 1900 a la región este de la Cordillera de los Andes. Migró desde lo que hoy conocemos con el nombre de Chile, al oeste de las montañas, sobre el Océano Pacífico.

Supo entonces que eran un montón de parientes, que a partir de la muerte de los más ancianos se fueron moviendo hacia otras tierras, quedando sólo Lucinda en el lugar. En la década de los años ’90 la especulación inmobiliaria sobre las tierras de la Patagonia entró en auge. También su extranjerización. En este proceso histórico se inscribe el feminicidio de Lucinda. Categoría que nace del cruce de las violencias sobre las mujeres y los territorios.

Soraya entiende que “fue ella la que quedó solita y la tuvieron que asesinar, para pretender quedarse con un territorio, y finalmente no lo lograron ni lo van a lograr nunca, porque ella se hizo parte de ese territorio, es un nien más: una fuerza de ese territorio”. 

En septiembre de 2021, unos años más cercanos en el tiempo, sucedió otra reivindicación territorial en la Cuesta del Ternero. La llamaron Lof Quemquemtreu, como el nombre de uno de los ríos que nace en esas montañas. En noviembre de ese mismo año fue asesinado por sicarios Elías Garay, un joven comunero. Soraya, junto al escritor y editor Dani Selko, recopilaron testimonios acerca del hecho: el miedo, la impunidad, el racismo y la crueldad, el sentido de identidad y su costo. En muchos de los testimonios reunidos aparece el recuerdo de Lucinda.

La obra teatral, junto al nombre de la escuela primaria del paraje rural, y algunos trabajos periodísticos y artísticos, mantienen viva la memoria de Lucinda. Soraya sostiene que “nunca van a poder con esa fuerza invisible pero poderosa” como la de aquella abuela que sobrevuela la Cuesta del Ternero, y agrega que “al igual que con Elías, por más ambición desmedida que haya, proyectos extractivistas, dinero, nunca van a poder”.

TODAS LA CRÓNICAS

Angélica: resistir al olvido

El miércoles 16 de enero de 2008, Angélica Gomba se encontraba en su casa en el barrio Luján, a las afueras de El Bolsón. Una casita alpina a la que se había mudado hacía poco tiempo y que daba al río Quemquemtreu, donde solía pasar las tardes de verano tomando mates con sus amigas, su prima y sus sobrinos.

Otoño: Una canción para recordarte

La música como grito de memoria y resistencia: desde una habitación, Nadia Escobar, le escribió una canción a Otoño Uriarte. Eran amigas y Otoño había sido secuestrada para aparecer en el desarenador de un canal de riego cerca de Fernández Oro, en Río Negro. La canción escrita por Nadia se convirtió en un símbolo que traspasó a los seguidores y seguidoras de su banda para reclamar justicia por Otoño

Evangelina: Alias la Cleri

Evangelina Catalán, “la Cleri” fue vecina, madre, artesana y mujer de sonrisa luminosa. Víctima de femicidio en 2014, su historia revive en el relato de quienes la recuerdan: como una presencia alegre entre el galope de su caballo y los amaneceres del río Quemquemtreu. El retrato de una mujer que tejía abrigo con sus manos y refugio con su humor.

Envuelta en girasoles

Carolina Calfulaf vivió un tiempo corto en El Bolsón. Vino tras un sueño: un futuro mejor. Llegó acompañada por su hermano, en un coche cargado con la mudanza de una vida entera. En una casita del barrio Los Álamos la esperaba su pareja, quien días después le arrebataría la vida. A la sonrisa de Carolina, ante semejante horror, la recuerdan sus hermanas y una sobrina.

Una flor en la montaña

El 11 de enero de 1993 encontraron a Lucinda Quintupuray, abuela mapuche de 79 años, tendida y vestida delicadamente sobre su cama, asesinada a balazos. Fue 10 años después de recuperada la democracia en Argentina, cuando ya se creían establecidos algunos derechos sociales. El femicidio nunca se resolvió judicialmente, pero la memoria de Lucinda vive en el pueblo mapuche que supo reivindicarla: una abuela que pese al clima, los años y la presión de quienes especulan con la tierra se mantuvo firme como añejo árbol.

Soledad: en los ojos de sus amigas

Soledad Murgic, de 16 años, fue asesinada por su novio, Julián García Saravano, de 19. En la memoria de sus amigas aparece como una chica dorada, una piedra que brilla en medio de un río. Su presente se interrumpió en el año 2010. El femicidio, reconocido como tal tiempo después, impactó fuertemente en todas y cada una de sus amigas. Una de ellas retrata: “vivo como creo que ella viviría, haciendo lo que quiero hacer”.

Coco, Matilde y una lucha que abrió camino

Jésica “Coco” Campos vivió en una casita de El Bolsón que resulta esquina de al menos tres calles. Da inicio a un barrio que se llama Almafuerte, y en la actualidad en ese lugar funciona un espacio comunitario con un comedor y una biblioteca que lleva su nombre. A Coco, apenas unos días después de llegar al barrio, la asesinó el papá de su hija, Cristian Héctor Maldonado. Su caso se convirtió en un precedente fundamental para la aplicación de la Ley Brisa en Río Negro.

Graciela: un femicidio que no se olvida en el Hospital de El Bolsón

“¿Dónde está Graciela?” fue el grito ensordecedor que invadió los pasillos del Hospital. En la memoria colectiva y las movilizaciones que exigieron justicia se creó una fuerza que aún catorce años después llama a la acción urgente, la prevención y el compromiso ante la violencia por motivos de género. Graciela no se olvida, su nombre continúa latiendo en cada rincón.

Una casa donde encontrarse a sí misma

Beatriz Cañumán fue encontrada con 13 puñaladas sobre su cuerpo, en su vivienda del barrio Luján de El Bolsón, el 10 de octubre de 2016. La escena contrasta con lo que fue en vida: una mujer que segundo a segundo se encontraba más a sí misma en un camino de regreso a la tierra, hacia su identidad como mujer mapuche.

Inés Bayer: “má, mi mamá”

Inés Bayer tenía 42 años, una hija y cuatro hijos. Natalia, la mayor, era muy cercana a ella: bailaban, cantaban y lavaban la yerba en repetidas pavas de mate. “Teníamos peleas tontas, y ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación”, recuerda. El 24 de mayo de 2016 su pareja la asesinó y luego se suicidó. Inés vive en las músicas que le movían el cuerpo a ritmo meloso, ranchero y rockero.