Soledad: en los ojos de sus amigas
Soledad tenía 16 años y hacía poco tiempo se había mudado a San Carlos de Bariloche. Cambió de casa, cambió de paisaje, escuela y amistades. Con su papá y hermano en la Comarca Andina y su mamá en Bariloche, Soledad iba y venía. Un pie en una ciudad que poco a poco crecía y otro pie en una de las ciudades más turísticas del país.
Antes había vivido en El Bolsón y su infancia había transcurrido en El Hoyo. Estaba en el anteúltimo año del secundario imaginando futuros posibles. Aylén, una de sus amigas desde chiquita, recuerda que a Soledad “le gustaban mucho los animales, y quería estudiar zoología en La Plata. Directamente vos podés elegir la rama dentro de ciencias biológicas que quieras, e iba a elegir esa rama porque amaba a los animales, decía que no amaba a las personas”.
Cuando Aylén viaja en su memoria se sonríe, y revolea al aire sus ojos claros. Dice que eso de no amar a las personas son “esas cosas de adolescente, ¿no?” y se ríe. Viaja un poco más atrás y relata: “ella tenía un montón de amigos, me acuerdo de ser re tímida y cuando entramos las dos a la misma escuela, ella se hizo amiga de todos. Era linda, extrovertida, divertida, jodona. Y bueno, yo iba por ahí, detrás de ella, y ella me iba incluyendo en los grupos que iba haciendo… Era una persona muy alegre y con muchas ganas de vivir”.
Cuando se fue a vivir a Bariloche, sus amigas de El Bolsón la esperaban algún que otro fin de semana. Estaban acostumbradas a reencontrarse con ella y salir a pasear por los maravillosos paisajes de la cordillera, bailar en la noche y conocer semana a semana una vida llena de exploraciones y proyectos.
“Nosotras nos corríamos la una a la otra en el colegio y ella hacía boludeces y te permitía ser vos misma, y jugar. Era súper libre”, la dibuja en el recuerdo Maylén, otra de sus amigas. Y asume que “uno de mis mayores miedos era olvidarme de su voz y por suerte no me la olvidé. Fue un ser muy de luz, tengo recuerdos muy específicos”, lanza al aire mientras su voz se vuelve otra, se emociona, crece.
Para las juventudes, los últimos años del secundario son un tiempo fértil para preguntarse muchísimas cosas. Qué quieren, dónde y cómo lo quieren. Es tiempo de ensayar y probar todo lo que desean para construir su propia historia.
El sábado que Julián asesinó a Soledad, unas horas antes ella se había reunido con sus amigas y les había contado acerca del mundo que comenzaba a abrirse delante de sus manos: nuevos cariños florecían poco a poco y algunos otros iban quedando atrás, como el de Julián.
La Casa del Encuentro, una organización civil pionera en la insistencia por una normativa legal que rote de ‘crimenes pasionales’ a ‘femicidios’ la categoría de asesinato de mujeres por el sólo hecho de ser mujeres, en su momento advirtió que este tipo de violencias ejercidas por los hombres es por “considerarlas de su propiedad”. La categoría llegó en el 2012.
Según las cifras relevadas por el Observatorio de Femicidios Adriana Marisel Zambrano, a cargo de La Casa del Encuentro, el de Soledad fue uno de los doce femicidios de jóvenes y adolescentes ocurridos en la primera mitad del año 2010, presuntamente cometidos por sus novios. Son situaciones reconstruidas, a través de 120 publicaciones de diarios de todo el país, ante la ausencia de cifras estatales.
A la mañana siguiente del femicidio sonó el teléfono de más de una de las amigas de Soledad. Muchas de ellas todavía dormían. Era domingo y la noche anterior se habían visto entre charlas, primeras bebidas y bailes que empañaron los vidrios de la noche bolsonera.
Cada una tomó la noticia como pudo. Todas ellas tenían entre 15 y 17 años. Poco se hablaba de la violencia hacia las mujeres en ese entonces, aunque lentamente los debates se hacían presentes. Pero, ¿cómo elaborar la idea de que a tu amiga su novio la asesinó? ¿Cómo pensar en la muerte cuando todo crece, cuando todo vive? ¿Cómo imaginar que un pibe puede pegarle un tiro a una piba?
Ante el asesinato de Soledad se buscaron instalar diferentes discursos. Algunos prefirieron esbozar una narrativa acerca de un pacto amoroso, en el que la pareja definió a través de la muerte estar juntos eternamente; mientras que otros prefirieron figurar un ‘crimen pasional’. Sin embargo, esas ideas no permanecieron mucho tiempo. Por un lado, rápidamente sus amigas dieron por tierra el relato del pacto. Por el otro, el movimiento feminista argumentó teóricamente por qué no sería cierto.
“Siempre supe, desde el momento uno que escuché la noticia, que era un asesinato porque ella tenía visión de vivir una vida larga, de disfrutar. No sé, le encantaba, por ejemplo, su abuela o bisabuela, que tenía 80 años y salía al boliche, salía al bingo y disfrutaba, y ella decía que iba a ser así”, comenta Aylén al recordar aquel 13 de marzo.
El femicidio de Soledad, en estos términos, resultó el primero que se nombró de ese modo localmente. Desde el Consejo municipal de las Mujeres de El Bolsón, en palabras de Iris Abarzúa, recuerdan que en un principio la idea fue intentar instalar una reflexión acerca de esa categoría, es decir, del hecho de “ser asesinadas por ser mujeres, por no tener igualdad en materia de derechos, por ser consideradas cosas, posesiones de un otro”.
Esa sonrisa
Soledad tenía sueños y, sobre todo, una sonrisa que lo encandilaba todo. Maylén rememora cómo la conoció: “fue la primera en decirme “qué cool”, cuenta riendo. Se conocieron en el primer año del secundario y ella pensó automáticamente que quería ser su amiga, la más cercana.
“Ella era tan buena, tan luminosa, que siempre me incitaba a mirar en lo bueno, a enfocarme en lo bueno, en lo positivo. Siento que eso se volvió parte de mí”, relata. Recuerda que ese verano “mis papás estaban haciendo el piso y ella llegó, y lo primero que hizo fue agacharse a tocar el piso y dijo ‘¡qué lindo!’, y felicitó a mis papás”.
Para Maylén, Soledad fue una amiga que le mostró otro modo de ver las cosas, otro modo que ella años después adoptó. “Ella irradiaba cosas lindas”, dice. Soledad tenía bucles, no muy largos pero sí espesos que colgaban sobre su alta espalda. Acompañaban a sus ojos, marrones y profundos. Era flaquita, de cuerpo menudo y sus amigas dicen que “era una persona alegre, jodona, de hecho a veces muy jodona”. Solía provocarles risa con gestos simpáticos.
Una vez, no mucho tiempo antes de su femicidio, se reunió en un quincho a comer panchos con sus amigas. Era de las pocas cosas que sabían cocinar y podían preparar para varias personas. El plan era sencillo: algo para tomar, salchicha, pan y aderezos. Luego, una película, canciones y bailes bizarros, jugando a maquillarse e intercambiar ropas entre ellas.
Sentada en la mesa, Soledad dio un primer mordisco. En el centro de la salchicha había un pelo largo y fino. Habrá sentido asco, pero aún así bromeó. Era una piba hermosa, simpática, perfil bajo y genuina. Una gran confidente. En su modo amable de retroceder unos cuantos años atrás, Aylén cuenta muchas anécdotas que parecen evocar y traer un ratito nuevamente a este mundo a su amiga. Por caso, recuerda jugar con el barro, dice: “hacernos las botas de barro”. Y suma que “básicamente era así, una persona bastante risueña”.
Aylén recuerda que en la infancia solían ir “al campo que estaba atrás de su casa a jugar, y pasar por dentro de la jaula del toro caminando”. Cuenta que Soledad era aventurera: “me decía: ‘dale, ¡hagamos este desafío!’ o nos íbamos caminando mucho más atrás y nos empezaban a ladrar los perros y yo me ponía en el piso y empezaba a llorar y ella se cagaba de risa. No era de tenerle miedo a las cosas”, la retrata con detalles que sólo se encuentran en su memoria.
En la actualidad, ya adulta, Maylén reflexiona que su modo de vivir la vida tiene consigo una huella que Soledad le imprimió con su amistad. “En parte, elijo vivir un poco como creo que ella viviría, algo que ella hubiese sido y era, porque no lo está siendo. Es vivir la alegría. Una suerte de “estás viva, viví, aprovechá”, dice entre la emoción del llanto y el agradecimiento.
“Ella era feliz con su circunstancia”, dice Maylén. “Lo que importa es lo que ella era, no lo que le pasó, lo que importa es ese amor que ella le daba al mundo”, afirma.
La huella que deja en cada uno de los cariños con los que compartió la vida Soledad, y todas las mujeres víctimas de femicidio, es imborrable. Trae consigo enseñanzas pasadas y presentes: modos de mirar, modos de disfrutar. Hay un rasgo en común y es el recuerdo de la alegría compartida, de ese momento de profunda mirada que se vuelve cómplice en la construcción de otras formas posibles de vivir las vidas.
Mantener viva la memoria es, entonces, mantener vivas las ganas de vivir, de transitar el tiempo en el disfrute del mismo. Un transcurrir que, interrumpido para muchas, se vuelve premisa. “Algo que ella (Soledad) hubiese sido y era”: una sonrisa proyectada más allá del tiempo y el espacio. La frase del Ni Una Menos hecha cuerpo en cada una de sus amigas, viviendo sus vidas lo más fieles posibles a su deseo, ante cada desafío con la potencia de su amiga, la más loca de todas, la más genuina y divertida.
TODAS LA CRÓNICAS
Otoño: Una canción para recordarte
La música como grito de memoria y resistencia: desde una habitación, Nadia Escobar, le escribió una canción a Otoño Uriarte. Eran amigas y Otoño había sido secuestrada para aparecer en el desarenador de un canal de riego cerca de Fernández Oro, en Río Negro. La canción escrita por Nadia se convirtió en un símbolo que traspasó a los seguidores y seguidoras de su banda para reclamar justicia por Otoño
Evangelina: Alias la Cleri
Evangelina Catalán, “la Cleri” fue vecina, madre, artesana y mujer de sonrisa luminosa. Víctima de femicidio en 2014, su historia revive en el relato de quienes la recuerdan: como una presencia alegre entre el galope de su caballo y los amaneceres del río Quemquemtreu. El retrato de una mujer que tejía abrigo con sus manos y refugio con su humor.
Envuelta en girasoles
Carolina Calfulaf vivió un tiempo corto en El Bolsón. Vino tras un sueño: un futuro mejor. Llegó acompañada por su hermano, en un coche cargado con la mudanza de una vida entera. En una casita del barrio Los Álamos la esperaba su pareja, quien días después le arrebataría la vida. A la sonrisa de Carolina, ante semejante horror, la recuerdan sus hermanas y una sobrina.
Una flor en la montaña
El 11 de enero de 1993 encontraron a Lucinda Quintupuray, abuela mapuche de 79 años, tendida y vestida delicadamente sobre su cama, asesinada a balazos. Fue 10 años después de recuperada la democracia en Argentina, cuando ya se creían establecidos algunos derechos sociales. El femicidio nunca se resolvió judicialmente, pero la memoria de Lucinda vive en el pueblo mapuche que supo reivindicarla: una abuela que pese al clima, los años y la presión de quienes especulan con la tierra se mantuvo firme como añejo árbol.
Soledad: en los ojos de sus amigas
Soledad Murgic, de 16 años, fue asesinada por su novio, Julián García Saravano, de 19. En la memoria de sus amigas aparece como una chica dorada, una piedra que brilla en medio de un río. Su presente se interrumpió en el año 2010. El femicidio, reconocido como tal tiempo después, impactó fuertemente en todas y cada una de sus amigas. Una de ellas retrata: “vivo como creo que ella viviría, haciendo lo que quiero hacer”.
Coco, Matilde y una lucha que abrió camino
Jésica “Coco” Campos vivió en una casita de El Bolsón que resulta esquina de al menos tres calles. Da inicio a un barrio que se llama Almafuerte, y en la actualidad en ese lugar funciona un espacio comunitario con un comedor y una biblioteca que lleva su nombre. A Coco, apenas unos días después de llegar al barrio, la asesinó el papá de su hija, Cristian Héctor Maldonado. Su caso se convirtió en un precedente fundamental para la aplicación de la Ley Brisa en Río Negro.
Graciela: un femicidio que no se olvida en el Hospital de El Bolsón
“¿Dónde está Graciela?” fue el grito ensordecedor que invadió los pasillos del Hospital. En la memoria colectiva y las movilizaciones que exigieron justicia se creó una fuerza que aún catorce años después llama a la acción urgente, la prevención y el compromiso ante la violencia por motivos de género. Graciela no se olvida, su nombre continúa latiendo en cada rincón.
Una casa donde encontrarse a sí misma
Beatriz Cañumán fue encontrada con 13 puñaladas sobre su cuerpo, en su vivienda del barrio Luján de El Bolsón, el 10 de octubre de 2016. La escena contrasta con lo que fue en vida: una mujer que segundo a segundo se encontraba más a sí misma en un camino de regreso a la tierra, hacia su identidad como mujer mapuche.
Inés Bayer: “má, mi mamá”
Inés Bayer tenía 42 años, una hija y cuatro hijos. Natalia, la mayor, era muy cercana a ella: bailaban, cantaban y lavaban la yerba en repetidas pavas de mate. “Teníamos peleas tontas, y ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación”, recuerda. El 24 de mayo de 2016 su pareja la asesinó y luego se suicidó. Inés vive en las músicas que le movían el cuerpo a ritmo meloso, ranchero y rockero.