Una casa donde encontrarse a sí misma
A Beatriz la encontraron tendida sobre el suelo de su casa. Su auto estaba estacionado afuera, la puerta cerrada y las luces apagadas. El único sospechoso del femicidio es quien fuera su pareja en aquel entonces, Roberto Nahuelpan, prófugo al día de hoy de la justicia rionegrina.
Sus vecinos, vecinas y, según algunos de los diarios locales también su hija, golpearon más de una vez los nudillos contra la madera de la puerta de entrada. Ella no respondió: tenía trece tajos sobre el cuerpo.
La casa donde vivía estaba cerca de un bosque que cuida la comunidad mapuche Nahuelpan, de la que Roberto es parte. Está sobre la ladera norte del cerro Piltriquitrón, un ícono identitario de El Bolsón. En Nahuelpan hay cientos de árboles, otros cientos de pájaros y arroyos en invierno. Allí las flores silvestres abundan, ¿cuántas veces se habrá detenido Beatriz a saborear los olores y colores del bosque?
Tenía 51 años y había llegado de Comodoro Rivadavia. “Ella amaba estar en El Bolsón”, cuenta su hija, Laura, y agrega que “el sueño de su vida era estar en la cordillera”. El abuelo de Laura, y papá de Beatriz, era mapuche. Cañuman significa ‘cóndor’ o ‘cresta del cóndor’.
Beatriz “descubrió sus raíces originarias de grande”, relata Laura. “Empezó a investigar, era muy apasionada de lo que hacía, empezó a aprender mapuzungun, a participar de comunidades y viajar a parlamentos, descubrió que eso era su vida, su mundo: lo que ella amaba, le encantaba”.
A Beatriz el bosque la abrazó. Llegó a El Bolsón con la clara determinación de estar cerca de su gente, “como ella le decía”, retrata Laura. La montaña se encuentra muy cerca del barrio que habitaba, muy distinto a los barrios comodorenses donde abunda un extenso paisaje de viento. Beatriz vivía en una casita de ladrillos, con ventanas y puertas hechas de troncos, mimetizada con los árboles. Estaba cerca del río Quemquemtreu y el llamado “puente de los aplausos”, en el que de noche parecen escucharse aún con más fuerza, tanto las tablas del puente como las piedras que lleva el río.
“Ella siempre decía que quería vivir en las montañas y estar cerca de sus comunidades, y bueno, ahí se fue a vivir a El Bolsón, se consiguió una tierra que ella decía que era su derecho poder estar ahí”, ilustra su hija. “Se construyó su casa. Nosotras le decíamos la casa picapiedras, porque la hizo ella sola con sus propias manos, levantó las paredes, puso el techo, el baño, todo”.
“Tuvo su casita y le dieron su derecho de ocupante, fue todo un trabajo a pulmón y de forma muy apasionada. A mi mamá le encantaba estar en la naturaleza, entre la montaña y sus árboles”, cuenta Laura.
Beatriz habrá montado largas horas su yegua en las laderas de la montaña. Entre líquenes, la humedad de las hojas del otoño y el deshielo del verano. “Iba para todos lados, iba a la montaña, subía y bajaba, encontró su lugar en el mundo”, dice.
La memoria de quienes fueron y son ella, es la memoria de cientos de mujeres que encabezan sus familias y vidas tras sus sueños. Beatriz tenía una hermana con la que estaban sumamente unidas, Victoria. Un tiempo después de la llegada de Beatriz a la Comarca y una vez terminada su casa, tanto Victoria como la mamá de ambas y su abuela se mudaron a la misma tierra. Ahí vivían las cuatro: Beatriz, su hermana, mamá y abuela.
“En el medio había una casita prefabricada y ahí íbamos todos los primos”, cuenta Laura. También recuerda que Beatriz amaba a todos sus sobrinos e iban todos juntos desde Comodoro a visitar a las mujeres de su familia cada fin de semana largo que podían hacerlo.
En su recuerdo, en la inmanente memoria, dice Laura que “eran muy felices todos”.
Después del hecho
La investigación duró varios meses y nunca se resolvió. El único sospechoso de cometer el femicidio es Roberto Nahuelpan, su pareja. Al momento del hecho, él se dio a la fuga . Las pericias, incluso con canes, dieron cuenta de que sus huellas se perdieron en el bosque, donde viven muchos de sus familiares. Continúa prófugo hasta el día de hoy.
Las voces testimoniales recibidas por la fiscalía y el equipo policial aseguraron no haber escuchado discusiones previas al femicidio, tampoco haber visto situaciones violentas. Sin embargo, la única que podría responder a aquellos interrogantes es Beatriz, quien dejó de llevar pulso en su cuerpo el 10 de octubre de 2016.
El Consejo Local de las Mujeres de El Bolsón, un espacio consultivo municipal, organizó una movilización para ese 25 de noviembre próximo al femicidio. Durante la marcha, a la que concurrieron aproximadamente dos mil personas, una de sus integrantes aseguró que “la sociedad ha tomado conciencia de la violencia de género a partir del último acontecimiento”.
Asimismo, la activista alzó el reclamo por la apertura de puertas por parte del poder legislativo local que “permitan dialogar para buscar soluciones», dando cuenta del largo camino por delante.
“Cada vez hay más violencia, que se manifiesta de forma más salvaje. Tenemos el índice más alto de denuncias al sur de Bariloche, aún cuando se denuncia sólo el 10% de los casos”, resumieron las activistas en aquel momento en el intento por mostrar lo más cruel de las violencias que se ejercen sobre los cuerpos de las mujeres asesinadas, como Beatriz.
Hoy, casi 10 años después, el panorama no es demasiado diferente. Por caso, en lo que va del 2025, el fuero de Familia del Poder Judicial de Río Negro ha registrado un récord de causas, con más de 20.700 expedientes iniciados en la provincia. De estos, aproximadamente el 62% está relacionado con violencia familiar y/o de género, lo que equivale a 35 denuncias diarias. La Comisaría de la Familia de El Bolsón ha recibido más de 200 denuncias relacionadas con violencia de género e intrafamiliar.
Estos datos se inscriben en un contexto de desmantelamiento de las políticas públicas, muchas de ellas de Estado, para prevenir y erradicar las violencias de género. Sumado a la supresión de los programas de acompañamiento a quienes atraviesan dichas situaciones, y el vaciamiento de profesionales que puedan asistir a las víctimas.
En medio de políticas que vienen y van al tiempo de los partidos gobernantes, al recordar a su mamá, Laura se emociona y busca las palabras más precisas. Dice que Beatriz era una persona increíble, que le encantaba vivir al pie de la montaña, que “amaba estar con su yegua, tenía una yegua que la amaba e iba para todos lados, subía a la montaña, bajaba, no sé… Encontró su lugar en el mundo. Era el sueño de su vida y fue muy feliz”.
TODAS LA CRÓNICAS
Angélica: resistir al olvido
El miércoles 16 de enero de 2008, Angélica Gomba se encontraba en su casa en el barrio Luján, a las afueras de El Bolsón. Una casita alpina a la que se había mudado hacía poco tiempo y que daba al río Quemquemtreu, donde solía pasar las tardes de verano tomando mates con sus amigas, su prima y sus sobrinos.
Otoño: Una canción para recordarte
La música como grito de memoria y resistencia: desde una habitación, Nadia Escobar, le escribió una canción a Otoño Uriarte. Eran amigas y Otoño había sido secuestrada para aparecer en el desarenador de un canal de riego cerca de Fernández Oro, en Río Negro. La canción escrita por Nadia se convirtió en un símbolo que traspasó a los seguidores y seguidoras de su banda para reclamar justicia por Otoño
Evangelina: Alias la Cleri
Evangelina Catalán, “la Cleri” fue vecina, madre, artesana y mujer de sonrisa luminosa. Víctima de femicidio en 2014, su historia revive en el relato de quienes la recuerdan: como una presencia alegre entre el galope de su caballo y los amaneceres del río Quemquemtreu. El retrato de una mujer que tejía abrigo con sus manos y refugio con su humor.
Envuelta en girasoles
Carolina Calfulaf vivió un tiempo corto en El Bolsón. Vino tras un sueño: un futuro mejor. Llegó acompañada por su hermano, en un coche cargado con la mudanza de una vida entera. En una casita del barrio Los Álamos la esperaba su pareja, quien días después le arrebataría la vida. A la sonrisa de Carolina, ante semejante horror, la recuerdan sus hermanas y una sobrina.
Una flor en la montaña
El 11 de enero de 1993 encontraron a Lucinda Quintupuray, abuela mapuche de 79 años, tendida y vestida delicadamente sobre su cama, asesinada a balazos. Fue 10 años después de recuperada la democracia en Argentina, cuando ya se creían establecidos algunos derechos sociales. El femicidio nunca se resolvió judicialmente, pero la memoria de Lucinda vive en el pueblo mapuche que supo reivindicarla: una abuela que pese al clima, los años y la presión de quienes especulan con la tierra se mantuvo firme como añejo árbol.
Soledad: en los ojos de sus amigas
Soledad Murgic, de 16 años, fue asesinada por su novio, Julián García Saravano, de 19. En la memoria de sus amigas aparece como una chica dorada, una piedra que brilla en medio de un río. Su presente se interrumpió en el año 2010. El femicidio, reconocido como tal tiempo después, impactó fuertemente en todas y cada una de sus amigas. Una de ellas retrata: “vivo como creo que ella viviría, haciendo lo que quiero hacer”.
Coco, Matilde y una lucha que abrió camino
Jésica “Coco” Campos vivió en una casita de El Bolsón que resulta esquina de al menos tres calles. Da inicio a un barrio que se llama Almafuerte, y en la actualidad en ese lugar funciona un espacio comunitario con un comedor y una biblioteca que lleva su nombre. A Coco, apenas unos días después de llegar al barrio, la asesinó el papá de su hija, Cristian Héctor Maldonado. Su caso se convirtió en un precedente fundamental para la aplicación de la Ley Brisa en Río Negro.
Graciela: un femicidio que no se olvida en el Hospital de El Bolsón
“¿Dónde está Graciela?” fue el grito ensordecedor que invadió los pasillos del Hospital. En la memoria colectiva y las movilizaciones que exigieron justicia se creó una fuerza que aún catorce años después llama a la acción urgente, la prevención y el compromiso ante la violencia por motivos de género. Graciela no se olvida, su nombre continúa latiendo en cada rincón.
Una casa donde encontrarse a sí misma
Beatriz Cañumán fue encontrada con 13 puñaladas sobre su cuerpo, en su vivienda del barrio Luján de El Bolsón, el 10 de octubre de 2016. La escena contrasta con lo que fue en vida: una mujer que segundo a segundo se encontraba más a sí misma en un camino de regreso a la tierra, hacia su identidad como mujer mapuche.
Inés Bayer: “má, mi mamá”
Inés Bayer tenía 42 años, una hija y cuatro hijos. Natalia, la mayor, era muy cercana a ella: bailaban, cantaban y lavaban la yerba en repetidas pavas de mate. “Teníamos peleas tontas, y ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación”, recuerda. El 24 de mayo de 2016 su pareja la asesinó y luego se suicidó. Inés vive en las músicas que le movían el cuerpo a ritmo meloso, ranchero y rockero.