Inés Bayer: “má, mi mamá”

Por Ada Augello
Inés Bayer tenía 42 años, una hija y cuatro hijos. Natalia, la mayor, era muy cercana a ella: bailaban, cantaban y lavaban la yerba en repetidas pavas de mate. “Teníamos peleas tontas, y ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación”, recuerda. El 24 de mayo de 2016 su pareja la asesinó y luego se suicidó. Inés vive en las músicas que le movían el cuerpo a ritmo meloso, ranchero y rockero.

Inés fue asesinada en 2016 por su pareja y padre de sus hijos, Rubilar Antimil, quien luego se suicidó. La había invitado a vivir con él en el valle rionegrino, con la promesa de un futuro mejor. El campo, para Inés, siempre fue prometedor. El amplio horizonte, la casa entre frutales y las largas caminatas de un lugar a otro. 

Después de matarla, Rubilar se ahorcó en el patio de la charca. Inés quedó hospitalizada, primero en Viedma, y luego en El Bolsón donde falleció meses después. Sus dos hijos más chiquitos tenían 13 y 14 años, Natalia 21.

Natalia cuenta que su mamá era su “mejor amiga, era todo, porque soy hija única y la mayor. Ese vínculo de madre e hija era único. Teníamos nuestros códigos, con una mirada ya sabíamos lo que la otra pensaba, nos terminábamos las frases la una a la otra, esas cosas”. 

Inés, nombrada como Ine por sus hermanas, Rosa e Isabel, fue ama de casa toda su vida excepto el último tiempo, que cuidó adultos mayores junto a Isabel. Natalia a veces las acompañaba, le ponía crema a quienes cuidaban, les daba charla o leía alguna cosa. Recuerda que su mamá “estaba mucho en la casa, el último tiempo trabajó, pero antes ella no estaba quieta, porque estaba limpiando, cocinando. Me acuerdo que mirábamos películas y nos reíamos, películas pochocleras, mientras ella le arreglaba la ropa a mis hermanos”.

En el barrio Inés era conocida por su buen humor. Para Natalia era una diversión sentarse a charlar sobre una y otra cosa o mirar programas de chismes sobre las celebridades. Inés decía que cuando fuera vieja “no iba a ser una viejita quieta”. Su hija recuerda que su mamá divertida decía: “‘yo me voy a mover, voy a bailar’, me decía siempre. Le encantaba la música, iba a la saladita y se compraba los cd’s. Llegaba contenta y se escuchaba todo el disco, entonces yo la molestaba imitando a los cantantes. Me mataba de risa con ella”.

También recuerda que se trenzaban en peleas de manotazos en la cama, seguramente a fuerza de cosquillas. Todos sus recuerdos están puerta adentro, en ese mundo que creaban para sí mismas. “En el tiempo que teníamos para nosotras”, expresa Natalia. Dice que tenían “peleas tontas, y nadie pedía perdón. Cuando ella se enojaba, yo iba y le decía ‘má, querés unos mates?’ y ahí empezábamos a chusmear. Nos reíamos de todos los personajes. Cuando la que se enojaba era yo, ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación. Es la persona que más amé, que más amo, es todo”.

Cuando Ines fue asesinada, Natalia se hizo cargo de sus hermanos, pero retrata que no estaba lista para eso. Como si de algún modo una joven estuviera preparada para sostener dos niños, una casa entera y la pérdida de su mamá. Cuenta que no le importo mucho el suicidio de su papá, que siempre fue la contra a todo lo que él proponía. Si había dos bandos en la relación violenta que sufría Ines, Natalia estaba del lado de su mamá.

Siendo una adolescente, dejó la escuela. Cuenta que cada vez que escuchaba la sirena de la ambulancia o la policía pensaba lo peor “porque estaba muy a la defensiva”. Las veces que vió a su mamá golpeada la incitó a denunciar, pero las denuncias nunca llegaron a ningún lugar más que a algún cajón. Cuando el Juzgado la citaba, Inés no asistía. “Nunca pudo salir adelante, y cuando quería avanzar, él la tiraba dos pasos para atrás. Yo no pienso en él, ni siquiera para odiarlo, no se lleva mi tiempo”, reflexiona esa jovencita devenida en mujer.

El último abrazo que se dieron Natalia e Inés fue sumamente largo. “Me acuerdo que cuando se fue al campo, me abrazó muy fuerte y lloraba. Me dijo que si necesitaba algo podía anotarlo en la despensa”, relata mientras urga en su memoria.

Asimismo, agrega que le “costó mucho, un montón, decirle que íbamos a estar bien. Le compré una radio, le puse música, pero le tuvimos que decir que se vaya tranquila. Cuando vino mi hermano con mi sobrinito mi mamá falleció. Justo al otro día. Estaba esperando a toda la banda que ella hizo”.

En la actualidad, Natalia trabaja cuidando adultos y adultas mayores. Tal como lo hizo su mamá. También está terminando la escuela secundaria que dejó por aquellos años. Dice que Inés “no quería que yo fuera como ella, y me regalaba libros. No sé cómo hacía pero me regalaba libros”. Suma que: “nunca quiso que yo dependiera de nadie, menos de un hombre, que no me enfoque en tener la comida lista, o aquello otro limpio”.

El recuerdo de mamá

Natalia se reconoce en la inquietud, dice que en ese aspecto es igual a su mamá. No recuerda a su mamá sentada, dice que “siempre tenía algo que hacer, y en una casa tan chiquita si no era adentro, era afuera en el patio, con las plantas. Era fanática de sus rosas y plantó unos arbolitos que ahora están enormes”. También se encuentra manteniendo la casa ordenada como lo hacía Inés. Recuerda que tenían el sueño de mudarse juntas con sus hermanos más chiquitos, pero no llegaron a hacerlo. Incluso habían comenzado una ampliación en el mismo terreno, pero tampoco lograron terminarla.

Inés era una persona muy intensa. “Era una loca, se hacía querer por todos”, cuenta su hija. Ante el llanto suyo, le decía que siga adelante, que no esté triste. “Me decía ‘yo te sigo, hasta dónde llegue’”, ilustra Natalia y suma que cuando se aparece en sus sueños le sigue diciendo lo mismo: que no llore, que siga adelante con sus planes.

“Mi mamá nunca me juzgó. Me ponía música cuando me veía mal, y bailaba chamamé. Ella siempre bailaba, y siempre tenía algo para hacer”, la dibuja en su memoria al tiempo que sonríe con los ojos empañados.

En el retrato, Ines aparece como una mujer muy feliz. Una mujer que disfrutaba con cosas muy chiquitas. “Iba a hacer un trámite y volvía contenta, decía que se hacía amigas en la cola del banco. Le gustaba pasar tiempo con sus hermanas, era muy familiera, con sus sobrinos, incluso sus primos”, detalla Natalia.

Era una mujer muy coqueta, que le gustaba arreglarse. A veces, disfrutaba de sacarse fotos con su hija, posando de modos divertidos. Se entretenía con poco, y a la vez con un montón, construía vínculos imborrables.

Por las mañanas encendía la radio y comenzaba a picar cebolla. Natalia recuerda despertar con ese aroma particular. Cuando escucha las músicas que Inés escuchaba se transporta, dice que viaja a ese lugar donde estaba con ella, ve el equipo de sonido que ella tenía. Rememora una canción de Tan Biónica: “que dice cuatro de noviembre, y ese era su cumpleaños”. Era una canción que le encantaba.

Natalia escribía en un cuadernillo las letras de las canciones que a su mamá le gustaban y eran en inglés. Poco a poco las iba traduciendo para contarle lo que decían. Juntas escuchaban Abel Pintos, la Beriso, algunos chamamé. 

“Con mis hermanos cuando miramos pelis la recordamos: lo que diría la mamá, muy yarará. Nos reímos mucho. Porque ella era eso, una loca. Y me sigo riendo, no como con ella, pero me sigo riendo. La encuentro sobre todo en la música, empiezo a reproducir las canciones que a ella le gustaban y es interminable. La encuentro en la música que a ella le gustaba. Me pregunto cómo sería ahora, con un nieto. No tengo ni idea cómo sería…”, dice Natalia.

Pero su mamá no aparece sólo en sus sueños: también en el gesto de carcajada de sus hermanos. Su hija, la mayor, la única mujer que parió Inés, cuenta que le gusta “pensar en ella cuando veo a mis hermanos, cuando nos matamos de risa. Ahí está ella, en las risas. En que todo está limpio y ordenado. Ella está en cada uno de nosotros, es parte de nosotros”. 

TODAS LA CRÓNICAS

Otoño: Una canción para recordarte

La música como grito de memoria y resistencia: desde una habitación, Nadia Escobar, le escribió una canción a Otoño Uriarte. Eran amigas y Otoño había sido secuestrada para aparecer en el desarenador de un canal de riego cerca de Fernández Oro, en Río Negro. La canción escrita por Nadia se convirtió en un símbolo que traspasó a los seguidores y seguidoras de su banda para reclamar justicia por Otoño

Evangelina: Alias la Cleri

Evangelina Catalán, “la Cleri” fue vecina, madre, artesana y mujer de sonrisa luminosa. Víctima de femicidio en 2014, su historia revive en el relato de quienes la recuerdan: como una presencia alegre entre el galope de su caballo y los amaneceres del río Quemquemtreu. El retrato de una mujer que tejía abrigo con sus manos y refugio con su humor.

Envuelta en girasoles

Carolina Calfulaf vivió un tiempo corto en El Bolsón. Vino tras un sueño: un futuro mejor. Llegó acompañada por su hermano, en un coche cargado con la mudanza de una vida entera. En una casita del barrio Los Álamos la esperaba su pareja, quien días después le arrebataría la vida. A la sonrisa de Carolina, ante semejante horror, la recuerdan sus hermanas y una sobrina.

Una flor en la montaña

El 11 de enero de 1993 encontraron a Lucinda Quintupuray, abuela mapuche de 79 años, tendida y vestida delicadamente sobre su cama, asesinada a balazos. Fue 10 años después de recuperada la democracia en Argentina, cuando ya se creían establecidos algunos derechos sociales. El femicidio nunca se resolvió judicialmente, pero la memoria de Lucinda vive en el pueblo mapuche que supo reivindicarla: una abuela que pese al clima, los años y la presión de quienes especulan con la tierra se mantuvo firme como añejo árbol.

Soledad: en los ojos de sus amigas

Soledad Murgic, de 16 años, fue asesinada por su novio, Julián García Saravano, de 19. En la memoria de sus amigas aparece como una chica dorada, una piedra que brilla en medio de un río. Su presente se interrumpió en el año 2010. El femicidio, reconocido como tal tiempo después, impactó fuertemente en todas y cada una de sus amigas. Una de ellas retrata: “vivo como creo que ella viviría, haciendo lo que quiero hacer”.

Coco, Matilde y una lucha que abrió camino

Jésica “Coco” Campos vivió en una casita de El Bolsón que resulta esquina de al menos tres calles. Da inicio a un barrio que se llama Almafuerte, y en la actualidad en ese lugar funciona un espacio comunitario con un comedor y una biblioteca que lleva su nombre. A Coco, apenas unos días después de llegar al barrio, la asesinó el papá de su hija, Cristian Héctor Maldonado. Su caso se convirtió en un precedente fundamental para la aplicación de la Ley Brisa en Río Negro.

Graciela: un femicidio que no se olvida en el Hospital de El Bolsón

“¿Dónde está Graciela?” fue el grito ensordecedor que invadió los pasillos del Hospital. En la memoria colectiva y las movilizaciones que exigieron justicia se creó una fuerza que aún catorce años después llama a la acción urgente, la prevención y el compromiso ante la violencia por motivos de género. Graciela no se olvida, su nombre continúa latiendo en cada rincón.

Una casa donde encontrarse a sí misma

Beatriz Cañumán fue encontrada con 13 puñaladas sobre su cuerpo, en su vivienda del barrio Luján de El Bolsón, el 10 de octubre de 2016. La escena contrasta con lo que fue en vida: una mujer que segundo a segundo se encontraba más a sí misma en un camino de regreso a la tierra, hacia su identidad como mujer mapuche.

Inés Bayer: “má, mi mamá”

Inés Bayer tenía 42 años, una hija y cuatro hijos. Natalia, la mayor, era muy cercana a ella: bailaban, cantaban y lavaban la yerba en repetidas pavas de mate. “Teníamos peleas tontas, y ella aparecía en mi pieza y traía el mate como reconciliación”, recuerda. El 24 de mayo de 2016 su pareja la asesinó y luego se suicidó. Inés vive en las músicas que le movían el cuerpo a ritmo meloso, ranchero y rockero.